Cómo es de malo (y bueno) consumir sal0 comentarios

Por asuntosdemujer
Enviado el 21 de jun de 2011 a las 8:34pm

De sobra es conocido que el abuso de sal conduce a padecer hipertensión arterial, infartos o isquemia cerebral o ictus (la primera causa de muerte en las mujeres españolas, por ejemplo). Además, el exceso continuado hace que se retengan más líquidos, se aumente de peso y se someta a un sobreesfuerzo a corazón, hígado y riñones. Fumadores, diabéticos y obesos ven agravada cualquier disfunción de su organismo si han abusado de la sal. Y es que cinco son los gramos de sal recomendados por la OMS (Organización Mundial de la Salud) y dos los imprescindibles para el correcto funcionamiento del organismo de una persona sana. Pero el gran problema a la hora de controlar la ingesta de sal es que hay que luchar contra la sal oculta.

Solamente uno de cada cuatro gramos de la sal que consumimos procede de los alimentos que salamos. El resto viene de serie en todo tipo de alimentos, destacando los embutidos, encurtidos, salchichas, snacks, quesos… Por regla general la sal se oculta en los alimentos más procesados (en las etiquetas suele aparecer como sodio).

Algunos trucos para reducir el consumo de sal son usar otro tipo de aliños, como hierbas aromáticas o pimienta, utilizar sal gorda (tiene más sabor y es necesaria menos cantidad) o no salar los platos y dejar que cada comensal lo haga en el momento de consumirlos a su gusto con sal de cloruro potásico, la más saludable.

Pero luchar contra el consumo de sal no debe hacernos perder de vista que su ingesta es imprescindible para el correcto funcionamiento del cuerpo humano.

En un adulto hay entre 250 y 300 gramos de sal, que ayudan a mantener el nivel de líquidos corporales, permite la transmisión de impulsos nerviosos, la actividad muscular y la absorción de potasio, y facilita la digestión y compensa las pérdidas originadas por exceso de sudoración y por vómitos o diarreas. De hecho hay expertos que postulan, creando gran polémica, que “existen hipertensos sensibles a la sal en quienes el consumo rutinario resulta perjudicial, pero en la mayoría de la población no es causa de riesgo por sí mismo”. Y estudios avalan que se desvincula un aumento en el consumo de sal de otro aumento en cuanto a morbimortalidad cardiovascular. También hay trabajos que señalan que la sal es un antidepresivo natural ya que se ha observado en laboratorio que cuando las ratas presentan un déficit de cloruro de sodio, la común sal de mesa, se asustan de actividades que habitualmente les resultan atractivas, tales como beber una sustancia dulce o presionar una barra que les proporciona sensación de placer a sus cerebros. Así, las cosas que normalmente serían placenteras para las ratas no provocaron el mismo grado de deleite, lo que lleva a creer que un déficit de sal y el ansia asociada con ello puede inducir a padecer uno de los síntomas claves asociados con la depresión.

No obstante, todos, sin excepción, debiéramos controlar el consumo de sal, en especial aquellos que padecen hipertensión o mayor riesgo de sufrir problemas cardiovasculares. El gusto por la sal es adquirido y, por ello, es posible modificarlo y educarlo. A medida que se ingiera menos sal, la preferencia por lo salado también irá disminuyendo. Para ello, pueden servir las siguientes sugerencias: Comer más alimentos frescos, contienen menos sodio. Cocinarlos sin sal y que sea cada comensal quien agregue la cantidad a su gusto. Cocinar los alimentos al vapor: al no haber un medio con el que el alimento entra en contacto, no hay cesión de sustancias y se conserva mejor el contenido natural del sodio del alimento. Utilizar hierbas y especias para condimentar los platos. Con aceite de oliva virgen y vinagre se encubre en parte la falta de sal. La sal marina, por su sabor más fuerte, permite emplear menos cantidad para dar sabor a las comidas. Sustituir la sal por una de bajo contenido en sodio: aporta la mitad de sodio que la sal común. La sal de cloruro potásico (debe añadirse una vez cocinado el alimento) carece de sodio y es la más recomendable. Reducir la ingesta de alimentos procesados y, en su caso, consumir preferentemente los que tengan menos sodio (leer las etiquetas nutricionales).

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